En 37 años poco más de 1 millón 300 mil personas se vieron afectadas por inundaciones, deslizamientos y cabezas de agua. Los eventos meteorológicos extremos no dan tregua y su fuerza se estima incremente  en los próximos años ante el cambio climático. Pese a esta realidad, únicamente el 13% del territorio costarricense está construido con un plan de ordenamiento territorial que prevenga este tipo de incidentes.

Así lo aseguró Carlos Cordero, director de la Secretaría de Planificación Sectorial de Ambiente en el Ministerio de Ambiente y Energía (Minae). 

El ordenamiento territorial es uno de los grandes desafíos en el tema de la adaptación al cambio climático. Identificar zonas vulnerables y la protección de espacios de riesgo son los pasos primordiales para reducir el impacto negativo de eventos extremos.

Ese reto toma fuerza en zonas costeras ante el evidente incremento del nivel del mar como consecuencia del cambio climático. Volver la mira al ordenamiento del territorio marino es otro de los pendientes. 

“Actualmente la herramienta de ordenamiento es el plan regulador, alrededor del 40% de los cantones tienen plan regulador, pero no total. Si nos vamos al territorio de cada cantón es alrededor del 13% del territorio nacional el que está dentro de alguna regulación”, aseguró Carlos Cordero, director de la Secretaría de Planificación Sectorial de Ambiente en el Ministerio de Ambiente y Energía.

El experto insiste en que urge desentrabar la metodología de aprobación de los planes para volverlos más expeditos, sin fallar en la rigurosidad científica que mantenga la protección al ambiente.  

Plan en camino

El cantón de Bagaces en la provincia de Guanacaste es uno de ellos. El paso del huracán Otto los tomó por sorpresa en el 2016 que además del desastre abrió camino para el diseño de mapas de riesgo dentro del cantón en colaboración del Ministerio de Salud y la Comisión Nacional de Emergencias (CNE) en especial en los márgenes de ríos ya que algunos pasaron de tener un ancho de 15 metros a 70 metros; así como zonas propensas a inundaciones.

El ayuntamiento de Bagaces trabaja en la primera etapa de un Plan de Ordenamiento Territorial tras varios intentos infructuosos y cuatro años desde que pasó Otto. 

Este proyecto lo desarrollan expertos de la Universidad Nacional e incluyeron a los ayuntamientos de Cañas y Tilarán con el objetivo de abaratar costos. El estudio requiere de una inversión de ₡108 millones y estará listo en tres años.

En la última década Bagaces ha sido blanco de fenómenos extremos: la sequía en el 2015 afectó incluso al sector ganadero, Otto en el 2016 que dejó a 10 vecinos sin vida, Nate en el 2017 con daños materiales importantes, Eta en el 2018, entre otros fenómenos. Esta realidad lanzó sobre la mesa el tema del cambio climático y su adaptación, aunque la falta de recursos provoca que el avance sea muy lento. 

“En este momento tenemos limitaciones que no se han podido resolver, más en infraestructura. Inundaciones todos los años generan daños materiales leves pero de primera necesidad para quién los sufre. El problema es que no tenemos los recursos para trasladarlos y los vamos postergando”, explicó Bernol Rodríguez, gestor ambiental de la Municipalidad de Bagaces.

Cordero coincide con expertos en geografía de la Universidad de Costa Rica en que la formación montañosa y volcánica del país así como la conservación a través de reservas y parques nacionales son clave para amortiguar la fuerza de los eventos atmosféricos extremos y así reducir su impacto en asentamientos humanos. Sin embargo, el evidente reto está en la conservación de los espacios fuera de esas etiquetas. 

“Costa Rica es un ejemplo mundial de protección, manejo y conservación de la biodiversidad, pero acá hay que hacer una aclaración dentro de las áreas protegidas. Nosotros tenemos un esquema que es seguido a nivel mundial para sacar beneficios económicos y ecosistémicos dentro de áreas protegidas”.

“El reto que tenemos es llevar ese exitoso modelo de conservación y protección de la biodiversidad pero fuera de las áreas protegidas. En ese sentido, son los paisajes urbanos y productivos, es decir las áreas agropecuarias”, continuó Cordero.

Alta factura 

No adaptarse al cambio climático ya está pasando una cara factura al Estado e incluso al sector privado. Cada año se reparan las mismas calles, las mismas viviendas y las mismas zonas afectadas evidenciando ausencia de adaptación.

“Nosotros tenemos una visión tradicional de invertir en infraestructura cada vez que se lleva el puente un evento hidrometeorológico vuelven a hacer el puente en el mismo lugar, con los mismos materiales, porque así es nuestro esquema de recuperación. Pero lo ideal sería estudiar los esquemas, estudiar nuevas ubicaciones y hablar de reasentamientos y de no volver a construir las casas en el mismo lugar y con la misma arquitectura”, afirmó Cordero. 

Costa Rica tiene un sector agrícola y productivo vulnerable al cambio climático. Para el nuevo gobierno esa adaptación implica no solo resiliencia climática sino también financiera.

Para Franz Tattenbach, ministro de Ambiente, comentó que la adaptación es un tema económico que paga pero hay que saber cuáles son los rendimientos y cuáles son los costos de hacerlo.

¿Cuál es el camino?

Los expertos destacaron de su lista la necesidad de facilitar el camino a las economías circulares a nivel local que generen modelos sostenibles de la mano de la gestión de riesgos de zonas como el Caribe donde cada año se vive el impacto por eventos extremos y la implementación de proyectos para el aprovechamiento del agua, incluso a largo plazo para sitios que aparentan ser seguros como el GAM. 

Individualmente también hay mucho por hacer. Tomar previsiones si está en zona de riesgo, acercarse a su gobierno local y exigir un plan de acción. Además de reducir las emisiones de carbono.

Andrea Vincent, bióloga de la Universidad de Costa Rica y experta en temas ambientales, recomienda reducir el uso de combustibles fósiles, si puede ir en bicicleta al trabajo, tratar de comprar productos locales y no aquellos que hayan tenido que viajar desde China en un avión. 

“Volvámonos más conscientes de cuánta gasolina se tuvo que quemar para que ese producto llegara a nosotros. Se trata de informarnos qué contribuye al cambio climático y dejar de apoyar a personas y procesos que van en esa dirección”, recomendó la bióloga que asegura que en conjunto se logran más metas en la lucha contra el cambio climático y sus efectos.

Publicidad Aproveche la mejor conexión en Fibra Optica para su empresa con RACSA