Por Andrea González M

Segunda entrega. “Eventos extremos y cambio climático: ¿estamos preparados?”

Es 24 de noviembre del 2016. En tres días terminaría la temporada de ciclones tropicales. Pero este año marcará la historia de Costa Rica para siempre. En pocas horas el huracán Otto se convirtió en el primero en cruzar suelo tico. 

Pese a los esfuerzos de la Comisión Nacional de Emergencias, cuerpos de socorro, y el mismo Instituto Meteorológico Nacional (IMN), que estuvo monitoreando minuto a minuto el avance del gigante, los daños fueron inevitables y no era para menos. Otto alcanzó en pocas horas la categoría cinco, que le daba permiso de manejar a su gusto vientos destructivos de más de 252 kilómetros por hora.  

Hicieron falta días para el recuento de los daños: 10.831 personas fueron directamente afectadas, 1.610 viviendas sufrieron daños parciales o totales, 2.778 kilómetros de carreteras terminaron dañados y 10 personas perdieron su vida, mientras miles ahora llevan en sus memorias la etiqueta de sobreviviente. 

Otto destruyó todo a su paso. Cientos de familias lo perdieron todo en cuestión de horas. Foto: Archivo.

Este es el caso de Brenda Hernández e Isidro Barboza, ambos vecinos de Bagaces, ellos aseguran que están vivos solo porque Dios así lo quiso, cuatro de sus vecinos y familiares no lograron contar la historia.

“Solo el poder de Dios. Lo único. Porque uno como humano ahí no vale nada. Absolutamente nada”, afirmó Brenda en el corredor de su casa, con agua en los ojos y la mirada agachada. 

Ella al igual que Isidro recibieron a un equipo de Trece Costa Rica Noticias para recordar la experiencia que pocos ticos hemos vivido.

Se dice que la inexperiencia pasó factura. Costa Rica nunca había recibido vientos con tal magnitud. La fe de los ticos y la ciencia predecía que el poderoso huracán afectaría la empobrecida provincia de Limón y siguiera su camino hacia Nicaragua. Unas 3.600 personas del Caribe Norte fueron evacuadas. 

A las 2 de la tarde de ese 24 de noviembre Otto tocó tierra Nicaragüense y contrario a lo que se esperaba bajó hacia Costa Rica impactando sin aviso previo a comunidades no preparadas como Los Chiles, Upala, Aguas Zarcas y Bagaces. 

Ese día Brenda estaba con sus hijos en casa. Su esposo Wilbert estaba durmiendo. A las cinco de la tarde se quedaron sin electricidad y una hora más tarde el agua empezó a crecer. 

Su instinto la movió a ponerse los zapatos de trabajo, unas botas de hule negro, que según ella le ayudarían a mantener sus pies secos, a resguardar unos pollos que había comprado hace unos días para criar, y a poner a salvo a sus hijos. 

Su primera intención fue huir, salir lo más rápido que pudieran de esa casa. Montarse al carro con lo poco que sus brazos soportaran. Pero no fue así. El del carro era Wilbert y él estaba seguro que de una lluvia torrencial no pasaba. 

Las casas en Bases colapsaron. El barro, los árboles y las piedras no tuvieron piedad a su paso. Foto: Mey Aguilar

“No había dejado de decir eso cuando escuchamos el gran estruendo. Cuando escuché eso dije: el volcán. Era demasiado el sonido, algo exorbitante, pero no, era lo que venía para abajo. Cuando él (Wilbert) abrió la puerta esto estaba lleno de todo. Nos fuimos para atrás y salimos a querer buscar para donde coger. Pasamos el cerco para ver si en el otro nos podríamos poner a salvo”. 

La ola de barro no tuvo discriminación. La furia con la que venía bajando hacia el pie del cerro donde estaba ubicada la casa de Brenda arrasó con todo lo que pudo a su paso, incluida Brenda y su familia.

“En un momento vimos a Wilbert, pero luego no supimos nada más de él. Eso nos siguió arrastrando. No sé si han visto las avalanchas en la tele, eso era. En la realidad de nosotros, entre palos, piedras y lodo”.

De sus ojos salieron lágrimas de dolor, de quién revive la angustia con cada recuerdo y en su gargan se posó un nudo de tristeza. El silencio nos acompañó durante minutos hasta que la saliva hizo lo suyo y dejó salir una vez más la voz de sus tímidas cuerdas vocales. 

“Ahí nos llevó. Nos arrastró y nos arrastró hasta que nos pegó en unos cables. Usted ve que aquí hay muchas fincas, ahí nos quedamos. Escuchamos que una familia estaba arriba de un tanque y mis hijos le gritaban que nos ayudaran, pero ellos tampoco podían. Porque si se bajaban los arrastraban a ellos. Nos volvió a arrancar de los cables y nos volvió a arrastrar y nos llevó como a 25 metros y ahí encontramos un montón de basura estancada junto a un palito de limoncillo y ahí subí a mis hijos. Ahí me quedé agarrada del limoncillo, en el agua y ellos arriba”. 

De Wilbert aún no sabían nada. Se había confundido entre los troncos y el barro, se lo había llevado la corriente. Lo daban por muerto. 

Esta era parte de la casa de Isidro, quien el día anterior había terminado de pintarla. Foto: Mey Aguilar.

Casi a la media noche un tractor extendió su pala y junto a otras 11 personas lograron salir del mar de escombros y llevados a un albergue en Bagaces.

A las dos de la mañana llamaron del albergue de La Fortuna, estaba a seis kilómetros de ahí. Era la voz de Wilbert al teléfono. Estaba vivo y al igual que Brenda y su familia se convirtió en un sobreviviente de Otto.

Pero ellos no fueron los únicos. Todos los habitantes de La Unión de Bagaces pasaron algo parecido.

Apenas a metros de distancia de donde vivía Brenda estaba la hoy destruida casa de Isidro, que para esos días la estaba remodelando con sus propias manos,  pegando cerámica que luego tras la emergencia tuvo que seguir pagando, y pintando paredes que aún hoy conservan el color café del barro que las cubrió casi por completo. 

Esa noche él estaba con su familia en casa tratando de preparar la cena sin electricidad cuando se escuchó un fuerte golpe. Su carro se había incrustado en la pared de la sala. Su primera impresión fue un accidente de tránsito. Era posible, vivía en una calle principal y en curva. 

“Yo me asomé por la ventana y fue cuando escuchamos el estruendo que venía todo. Le dije a mi esposa que agarrara a los guilas que corrieran y se subieron a un camarote cuando en cuestión de segundos el agua había inundado la casa, ya habían entrado piedras, palos y todo tipo de escombros”.

Más de 30 familias sufrieron daños materiales tras el paso del huracán. Foto: Mey Aguilar

Isidro recuerda que entre su hijo mayor y él intentaron abrir una puerta o ventana, el agua estaba a punto de alcanzar su cuello, temía por su vida. Fue aproximadamente una hora de angustia, de impotencia, de prácticamente no poder hacer nada. 

“En eso vino un tronco grande, inmenso, pasó y se llevó la compuerta de atrás con todo. Yo tenía un trastero de cenizaro que entre cuatro hombres costaba levantarlo y ese palo pasó y se lo llevó como si fuera una caja de fósforos con todo y puerta de atrás”.

Para entonces la calle que pasa frente a su casa se había convertido en montañas de piedras y los lotes donde antes pastaban las vacas ahora era un mar de barro en el que nadaban palos, piedras, animales muertos y hasta su misma familia. 

“Para serle sincero, mi familia y yo estamos vivos porque así Dios lo quiso. Pero lo que pasó aquí era para que se hubieran perdido más vidas de lo que se perdieron aparte de mis familiares. Cuando la casa empezó a llenarse nosotros pensamos lo peor”.

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Isidro, su esposa y sus dos hijos fueron rescatados por equipos de socorro horas más tarde y llevados al albergue de La Fortuna, donde estaba Wilbert el esposo de Brenda. 

Ese día poco más de 40 familias de Bagaces lo perdieron todo, incluidos seres queridos. 

La depresión los embargó y la angustia por el futuro se posó como sombra. Muchos de ellos recibieron atención psicológica tras el evento, y tras luchas de años algunos de ellos obtuvieron una nueva vivienda en una zona segura.

Los días de lluvia ya no son iguales para los sobrevivientes del único huracán que ha cruzado el país. 

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