Por Andrea González M

Primera entrega. “Eventos extremos y cambio climático: ¿estamos preparados?

La temporada de ciclones tropicales de este 2022 tiene todas las condiciones perfectas para una temporada desfavorable, que eventualmente afectarían el territorio nacional. Se prevén 19 tormentas con nombre, cinco más de las que normalmente se presentan; se proyecta que cinco llegarán a ser huracanes categoría uno y dos, mientras que cuatro alcanzarán las categorías tres, cuatro o cinco.

La temporada de ciclones tropicales para la cuenca del Atlántico, que abarca el océano Atlántico, mar Caribe y golfo de México, inicia en junio y se extiende hasta el 30 de noviembre.

Los expertos del Instituto Meteorológico Nacional (IMN) son claros al decir que si bien no se puede proyectar con exactitud el recorrido de estos ciclones por el Atlántico, no descartan que dos de ellos afecten al territorio nacional.

La urgente adaptación al cambio climático y el aumento en la intensidad de los eventos extremos como sequías y lluvias torrenciales vuelven urgente encender alarmas ante anuncios como estos.

Otto cambió su curso de forma inesperada en cuestión de horas, impactando ciudades no preparadas. Foto: Pixabay.com

Datos del IMN indican que el 84% de los temporales en el país entre 1988 y el 2017 se relaciona con la temporada de ciclones tropicales, mayoritariamente en los meses de octubre y noviembre. 

¿Se puede predecir el paso de un huracán por Costa Rica?

La respuesta es clara y directa: no se puede. Es imposible identificar cuándo y por dónde exactamente pasará un ciclón tropical o un huracán. La generalidad de fenómenos se puede prever a unos meses, sin embargo sus especificidades se logran conocer a unos cinco días, reduciendo casi al mínimo el tiempo de acción de las autoridades en caso de emergencia, de ahí la relevancia de alertas tempranas y mecanismos de prevención y adaptación. 

Eladio Solano, jefe de pronósticos del Instituto Meteorológico Nacional (IMN), confirmó que los huracanes en particular son imposibles de pronosticar. 

“No se puede porque simple y sencillamente este tipo de fenómenos se dan en condiciones muy precisas, en momentos precisos. Desde el punto de vista climático se puede anticipar hasta tres meses cómo se irá a  comportar la lluvia, pero el fenómeno no. Ese es el truco. Para el pronóstico del tiempo en zonas tropicales como la nuestra con latitudes cercanas al ecuador es terriblemente complicado”, explicó.

Para las proyecciones en Costa Rica el IMN dispone de 150 estaciones meteorológicas distribuidas en todo el país, la gran mayoría ubicadas en el Gran Área Metropolitana y otro tanto en Guanacaste; la zona Sur no tiene estaciones suficientes pese a ser uno de los puntos de mayor impacto por fenómenos naturales. 

El IMN apoya sus datos en entidades en Estados Unidos, Japón, Europa y la Estación Meteorológica Mundial, y pese al recorte presupuestario que percibe desde hace cuatro años trabaja en la modernización de monitoreo satelital, radar y modelación numérica que juntos permitieron tener mucha más información con el paso de Otto y Nate que las mismas agencias internacionales, por ejemplo. 

De ciclón a huracán

Los mayores ciclones que tienen algún tipo de influencia en el país vienen del Caribe y la razón por la que muchos fenómenos no llegan a tocar tierra es debido a la fuerza de Coriolis, que físicamente ayuda a que los huracanes se muevan hacia el Norte de Estados Unidos, Centroamérica y Yucatán.

Esto explica porqué en los últimos 100 años la mayoría de los huracanes no han tocado a Costa Rica, una excepción fue Otto en el 2016 que al combinarse con otros fenómenos meteorológicos desvió su camino e impactó al país con vientos superiores a los 251 kilómetros por hora, es decir que alcanzó la categoría cinco. 

“Con el Cambio Climático es posible que estas rutas empiezan a moverse hacia el Sur y uno puede imaginar eventos como el de Turrialba o eventualmente eventos extremos aquí en el valle central, eso no es de descartar”, comentó Pascal Girot, geólogo de la Universidad de Costa Rica.

Para José Retana, de la unidad de desarrollo del IMN, si bien no se puede predecir es seguro que en el futuro tendremos que enfrentar un nuevo Otto, Joan o Nate, justifica que es parte de la variabilidad climática del país.

Velocidades peligrosas

La velocidad de los vientos es la que determina en qué momento podemos llamar a una tormenta tropical “huracán”: en su nacimiento es una depresión tropical, cuando aumenta de fuerza pasa a ser una tormenta tropical y se convierte en huracán cuando pasa de los 118 km por hora. 

Existen cinco categorías en la primera los vientos van desde los 119 km/h a los 153 km/h que podrían generar daños en techos, postes y servicio eléctrico. 

La categoría 2 logra vientos con velocidades de entre 154 km/h y 177 km/h y genera daños graves en techos y revestimiento de casas, además de apagones casi totales. 

La tercera categoría alcanza vientos entre los 178 km/h y los 208 Km/h, se estima que puede generar daños devastadores provocando efectos negativos en los servicios de electricidad y agua por días o semanas. 

La categoría 4 logra vientos de entre 209 km/h y 251 km/h capaz de dañar infraestructura y provocar la caída de árboles y postes. 

La quinta y última categoría supera los vientos de 252 km/h es cuando se ven casas completamente destruidas y la deshabilitación de áreas incluso por meses. Este fue el caso de Otto en el 2016. 

Sin embargo, no es el viento sino la marejada y las inundaciones que provoca la lluvia que descarga el huracán las que generalmente causan la mayor destrucción y pérdida de vidas.

El último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), publicado en agosto de 2021, advierte que los ciclones tropicales y tormentas severas se vuelverán más extremas, que las sequías aumentarán, y también se prevé el aumento relativo del nivel del mar en los océanos alrededor de la región, lo que contribuirá al aumento de inundaciones costeras en áreas bajas y al retroceso de las costas.

Los impactos climáticos vendrían a multiplicar las inequidades en el país. 

Cuando ocurren fenómenos climáticos extremos, como los huracanes Iota y Eta en noviembre de 2019, o la sequía provocada por el efecto el Niño en 2015, quienes viven en una condición más vulnerable son quienes sufren los peores daños, señala el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático.

Ante esta realidad José Retana, del departamento de Desarrollo del IMN, asegura que la parte estructural de Costa Rica se debe preparar para los escenarios más pesimistas. De lo contrario recibirá una alta factura que no se repone en un solo periodo de gobierno que incluso ya ha cobrado vidas, como sucedió con el paso del Huracán Otto. Postura que comparte el experto en geografía y catedrático de la UCR Pascal Girot. 

Creo que hay una conciencia creciente de que este tipo de eventos va a seguir ocurriendo y muy probablemente llegue a ser inclusive más grave. Sí deberíamos de prepararnos para ese tipo de evento extremo como un huracán que atraviese la parte central del país”, advirtió Girot. 

Mañana conoceremos la parte humana del desastre. La historia de Brenda e Isidro vecinos de Bagaces y sobrevivientes del huracán Otto que con su paso se llevó la vida de 10 personas e incontables daños materiales. 

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