‘Las dos caras de la adopción’: Una infancia que no se le desea a nadie

Yader Soza recuerda que, desde que tiene uso de razón, su papá lo golpeaba a puño cerrado en la cara o en cualquier otra parte de su diminuto cuerpo. No era una situación excepcional sino un maltrato diario en el que con frecuencia resultaba muy malherido. Pese a eso, nunca fue llevado al hospital porque su padre sabía que, de hacerlo, se metería en un gran problema.

Esa violenta dinámica envolvió y traumatizó a Yader hasta sus tres años de vida, momento en el que el Patronato Nacional de la Infancia se enteró de las continuas agresiones y la negligencia de las que era víctima. 

“Él tenía una panadería y mami me cuenta que me quemé el brazo y caí al hospital bajo custodia de él. Por golpes nunca me llevó al hospital. Hubo hasta sangre por golpes, pero nunca llegué al hospital. Lo ameritaban porque golpear a un niño de 8 años en la cara y sacarle sangre de la nariz sí amerita llevarlo, pero no se dio”, contó Soza.

Cuando el PANI se percató, lo resguardó en un albergue, esperando que, en un máximo de seis meses, su progenitor entendiera que sus acciones estaban equivocadas. Pasó ese tiempo y él volvió a su casa pero los golpes y malos tratos no tardaron en reaparecer.

Eso provocó que Yader pasara toda su niñez y adolescencia en una institución, viviendo situaciones similares a las que pasan los 57 menores que nadie quiso adoptar, por lo cual actualmente están en un hogar de acogida o en una ONG.

Entre los 3 y 10 años, Yader recuerda que pasaba el tiempo entre su casa, en La Carpio, y cualquier albergue en el que lo ubicaran.

“Pasaban los seis meses y el PANI intentaba reintegrarme y mi familia intentaba acogerme, pero era un proceso inestable. La familia siempre decaía y cuando había problemas económicos, los que pagábamos éramos los niños y así volvíamos otros seis meses al PANI. Entonces mi niñez se resume a eso: a estar entre mi familia y el PANI”, recordó.

De hecho, Yader no logra siquiera enumerar por cuántos albergues del Patronato pasó. Fueron tantos que no los recuerda todos.

Lo que sí mantiene en la memoria es que cada vez que llegaba a un hospicio, se suspendían sus estudios. La escuela era la primera víctima. Además, debía acomodarse al ambiente propio de la institución, sufriendo incluso de bullying por su forma de ser.

“Considero que no fui un chiquillo muy feliz, no tuve la infancia soñada de jugar. Cuando estaba en albergue no recuerdo ir a la escuela, se ponía en pausa el ciclo educativo por traslados y déficit que todavía existe en PANI. Era garantizar el derecho a la integridad del niño violentando el derecho al estudio. Recuerdo que no seguía estudiando, dejaba de estudiar por seis meses y me reintegraba al ciclo educativo cuando regresaba a mi casa”, rememoró.

Estuvo en ese ir y venir hasta sus 10 años cuando cayó la gota que, como él bien lo dice, derramó el vaso.

“Escuchar a mi madrastra decirle a mi papá que me golpeara porque sí, lo recuerdo bien. Entonces mi papá por darle gusto a su esposa me golpeó muy fuerte y fue impactante para mí en ese momento”, narró.

Ese día, tomó una decisión que, hoy, cataloga no solo como la más importante de su vida, sino como la mejor que ha tomado. Él prefirió vivir en una organización no gubernamental, en donde le dieron el respaldo y la familia que nunca tuvo.

Eso sí, cuando regresó al centro educativo y los compañeros se percataron de su situación, le huían porque era “el niño huérfano”. “Nunca encajaba. O me hacía a un lado yo solo o ellos me hacían”, mencionó.

Pese a todas esas circunstancias, él siempre se rehusó a entrar en un proceso de adopción porque soñaba con restaurar el lazo con su mamá y dejar atrás el daño que tanto le ocasionó su progenitor. Esa decisión desencadenó que él viera pasar su infancia y adolescencia desde la ventana de una institución.

Abandonados

La vivencia de Yader se acerca a la que viven, actualmente, 57 menores que, a diferencia suya, sí están listos para ser adoptados, pero que ninguna familia levanta la mano para darles un hogar, obligándolos a vivir en un albergue, en una ONG o en un hogar solidario.

Según datos del Patronato Nacional de la Infancia (PANI), entre el 2014 y el 2019, se tuvo un promedio anual de 30 menores sin ubicación, lo cual representó un 18% de los 163 niños con adoptabilidad que hubo, en promedio, cada año. 

La cifra se vuelve más alarmante cuando se sabe que hubo un promedio anual de 184 familias en el banco de elegibles. Es decir, hubo más familias dispuestas a adoptar que niños en capacidad de ser acogidos. Pese a eso siempre quedaron menores rezagados.

Las razones de este rechazo son muy variadas, pero Jorge Urbina, coordinador del departamento de Adopciones del PANI, las agrupa en tres:

  • Tienen más de 5 años
  • Tienen alguna discapacidad
  • Tienen antecedentes de abuso sexual

Pero también hay algunos niños de 2 y hasta 4 años que, pese a tener la edad “soñada” para padres adoptantes, tampoco nadie los acoge por padecer alguna condición particular de salud, ya sea física o mental.

Jorge Urbina lamenta que las familias se autoimpongan estas limitaciones, ya que lo único que hacen es discriminar a una población con fuertes historiales.

“Casi el 100% de niños y niñas que tenemos, tuvieron intervención interinstitucional en razón de ser víctimas de abuso, de negligencia y de maltratos graves al punto de que obligaron a la institución a ejercer acciones para extinguir atributos de autoridad parental. Esas situaciones dejan huella, generan situaciones de trauma complejo, de trauma de desarrollo de toda índole a nivel emocional e inclusive físico”, apuntó.

Para la jueza Maureen Solís y quien también es magistrada suplente de Sala Segunda, esto ocurre porque, pese a estar ya en el 2022, la adopción aún sigue siendo todo un tabú en Costa Rica.

Ella dijo: “No hay una cultura de adopción y eso genera que muchos niños y niñas permanezcan en su infancia en el PANI con o sin su situación definida y pasa la oportunidad de ser adoptados. Es un tema del que no se habla, cuando quieren tener un hijo se piensa en técnicas asistidas, pero no en adopción.

Cuando no aparecen opciones…

Al tocar estos temas, es inminente pensar: ¿a partir de cuándo se sabe que no fue posible ubicar a un menor de edad?

Para empezar, el menor debe contar una declaratoria judicial de abandono, lo cual permite al PANI ponerlo en adopción. Jorge Urbina explicó que se analiza su perfil y se intenta encontrar una familia nacional o internacional.

En caso de que eso no ocurra fácilmente, el menor entra en una fase de promoción adoptiva durante año y medio. Esta significa promover sus cualidades para lograr llamar la atención de algún adoptante. 

Algunos de ellos, logran ubicarse, pero otro importante número no. Ahí es cuando el enfoque varía y, si bien el objetivo principal siempre será conseguirle una familia, ahora también se dedicarán a darle herramientas para que, en un futuro, sea un adulto con equilibrio emocional.

Jorge Urbina explicó: “Tampoco podemos tener a niños en una preparación pensando en una ubicación adoptiva por siempre. Sería una ansiedad terrible para ellos. Generalmente procuramos hacer procesos por año y medio (…) Siempre mantenemos su perfil por si nos aparece una familia nacional o internacional, pero sí hay claridad de que no podemos mantenerlo en esa idea de que su situación se va a resolver por la vía adoptiva porque emocionalmente es muy complejo”.

Y es que justamente el impacto emocional es una de las mayores preocupaciones, ya que el menor puede experimentar sentimientos de rechazo, de tristeza y de abandono. 

Sobre esto, el departamento de psicología del PANI indicó: “La afectación a nivel emocional es una de las manifestaciones más frecuentes cuando no se ha podido lograr la posibilidad de una adopción. Lo que sí es muy importante es respetar el tiempo de la persona menor de edad y que sienta que cuenta con una red de apoyo para el momento en que desee hablar del tema. Es importante que se sienta libre, escuchado y recibido afectivamente, para convertirnos en un espacio seguro”.

En paralelo a las sesiones psicológicas para que el menor logre sobrellevar estos sentimientos, el PANI trabaja también en garantizar su protección hasta los 25 años, que es el tiempo máximo para resguardarlo.

Urbina detalló: “Coordinamos con encargados de Oficina Local del proceso del chico para que se piense o en una familia de acogimiento de larga permanencia o algún proceso institucionalizado que le garantice iniciar un proyecto de vida independiente”.

Explicó que estas familias de acogimiento no están interesadas en adoptar y que solo buscan, de modo altruista, ayudar al menor, mientras que las organizaciones no gubernamentales trabajan en ayudarles a levantar un proyecto de vida.

Para Yader, las tres organizaciones no gubernamentales  por las que pasó fueron, son y serán su familia. Allí recibió no solo el cariño y el respeto, sino que también el acompañamiento que todo menor necesita. Ahora, aseguró que pese a lo vivido en su infancia y adolescencia, está listo para recordarle al mundo entero que hacer crecer a medias a un niño, no es hacerlo crecer.

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