Marco Antonio Ibarra, Bruno González y Francisco Sandino Arano son parte de las 37 personas que viven, de manera temporal, en el albergue para habitantes de calle de la municipalidad de San José. 

La pandemia se convirtió para ellos en una oportunidad para intentar dejar las calles, ese lugar por el que deambulan desde años, en donde duermen y en donde consiguen una precaria alimentación. 

Cuando empezó la emergencia sanitaria, era complicado saber qué iba a pasar con los habitantes de calle; sin embargo, el departamento de servicios sociales de la municipalidad de San José, junto con otras organizaciones, tomaron la decisión de transformar el centro dormitorio en un albergue, donde estas personas pudieran permanecer todo el día y no solo durante la noche. 

Empezamos yendo a la calle con la posibilidad de lavatorios móviles, en compañía de la organización Chepe se baña para poder acercar el lavado de manos a personas que no tienen acceso. Todas las preocupaciones nos llevan en cuestión de 2 meses a habilitar albergues temporales para esta población sin redes de apoyo que no tenían la posibilidad de quedarse en casa”, reconoció Mariella Chinchilla, jefa del departamento de servicios sociales de la Municipalidad de San José.

El centro dormitorio pasó de recibir a 100 personas por noche a 37 habitantes de calle que podían vivir -de manera temporal- y de paso recibir acompañamiento social y buscar opciones que los impulsaran a rehacer sus vidas fuera del desamparo y la intemperie. 

Es el caso de Marco Antonio Ibarra, un hombre de 64 años que cayó en el alcoholismo desde los 13 años. Estudió farmacia, se casó y tuvo 4 hijos, pero debido al daño que le causó el consumo, se divorció y ahora tiene 20 años de no verlos. 

Ibarra fue uno de los habitantes de calle que logró entrar al albergue temporal a inicios de la pandemia. 

 —¿Cómo vivió los primeros días de la pandemia?

 —Muy duro, pero es una cosa que Dios hizo para que nosotros recordáramos que él existe. Hace unos años yo dormía en una acera, pero me trasladaba a un albergue para dormir.

 —¿Sentía miedo de contagiarse?

 —Pues vieras que uno se acostumbra. Yo sé que es muy feo, pero uno se acostumbra a ese tipo de vida.  

 —¿Qué cambios ha tenido aquí?

—Empecé a tomar desde pequeño, estuve internado varias veces, pero nunca como en este lugar, este lugar es sagrado para mí. Aquí uno ha visto lo que es el afecto. 

Marco Ibarra cuenta que tiene 20 años de no ver a su familia. No tenía una red de apoyo cuando la pandemia empezó. Foto: Rita Valverde.

Bruno Gónzalez, también es parte de los integrantes del albergue. Dice que fue abandonado por sus padres desde pequeño y luego creció en una familia donde la mayoría de miembros ingerían alcohol. 

 —¿Qué significó la pandemia?

 —Fue un cambio radical el que he tenido, que me da fortaleza para continuar la vida adelante, no es como antes que yo tomaba y decía que me quería morir porque no tenía familia, no tengo a nadie, nadie se interesa por mí”. 

Durante su paso por el albergue, Bruno aprendió a hacer pulseras y de vez en cuando participa en eventos y ferias donde expone sus productos. 

Bruno González participa en ferias y actividades donde expone sus artesanías. Foto: Marco Millape.

Otro de los compañeros de albergue es Francisco Sandino Arano, quien llegó al centro en los primeros meses de la pandemia. En el pasado trabajó como cocinero en hoteles, sodas y restaurantes, pero llegó a la calle debido a una depresión que sufrió cuando perdió su trabajo y se sumergió en la bebida. 

“Llegué cuando apretó la pandemia y dijeron que iban a meter gente aquí. La de recursos humanos me apuntó porque  yo vine a dormir aquí en el 2014, 2015 y 2016…Fue duro pero se pasó. Saber usted que va a estar en la calle ¿a expensas de qué? Gente que no sabe nada, lo marcan a uno porque dicen que uno es un vago o un delincuente”, manifestó Sandino. 

Francisco cuenta que la gente con la que se ha encontrado en el centro ha sido de buen corazón, pues han tratado de ayudarle siempre. Foto: Marco Millape.

Mariela Echeverría,  jefa del departamento social de la municipalidad de San José expresó que durante el paso por este albergue los habitantes han podido capacitarse. 

Muchos han aprovechado el hecho de estar en aislamiento, con acompañamiento técnico, psicosocial, han podido capacitarse, han podido formarse, han podido conocer y tener a la mano un escenario de oportunidades que muchos han aprovechado para salir adelante. No en vano, como lo dije en otras ocasiones, le han puesto san Covid a la enfermedad y es porque de uno u otro manera ha significado para ellos una oportunidad de retomar su vida y rehacerla”, agregó Echeverría.

Durante los primeros meses de la pandemia hubo un aumento en la pobreza, la cifra pasó de 21% a un 26% entre el 2019 y 2020, según la Encuesta Nacional de Hogares (Enaho) del 2020. 

Aunque para 2021 esta misma encuesta reflejó una disminución, pues la pobreza pasó de un 26% a un 23%, el informe del Estado de la Nación 2021 señaló que no es suficiente en comparación con los niveles prepandemia. 

Esta situación también preocupa a las organizaciones sociales ante un posible aumento de personas en condición de calle por circunstancias económicas producto de la crisis. 

“De estas personas que ahora están en calle por pandemia, nos preocupa enormemente las que empiecen un proceso de consumo de sustancias como una estrategia más de sobrevivencia, porque lamentablemente los estudios y la experiencia nos dice que muchas de las personas que no salen a la calle expulsadas de sus familias por un proceso de adicción, terminan consumiendo en calle como una estrategia más de sobrevivencia”, dijo Echeverría.

Y es que aunque para muchos la pandemia significó pérdida, dolor, angustia, incertidumbre y miedo, para otros también fue una oportunidad de conseguir un espacio de seguridad y protección.

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