Sumergido en el mar de gente que atraviesa la Avenida Central josefina, Walter Loría, de 47 años, camina de lado a lado de la calle exhibiendo para la venta sus trípodes para celulares. Este escenario, aunque común para muchos otros vendedores ambulantes, para Loría es nuevo. Él llegó aquí empujado por la pandemia, el desempleo y la falta de apoyo del Estado. 

Walter trabajó durante 7 años como asistente administrativo en hotelería, labor que le permitió alcanzar una buena estabilidad económica. Sin embargo, a inicios del 2020, el hotel para el que trabajaba, en Jacó, entró en crisis por la falta de turistas y no le renovó el contrato.  

“Yo me vine para San José y aquí decidí poner un negocio comercial, pero no me resultó porque empezaron los cierres, las restricciones y eso me obligó a tener que cerrar el negocio. Tuve pérdidas muy notables, entonces quité el negocio. Yo había tenido la iniciativa de seguir trabajando por internet, gracias a eso hasta la fecha me he sostenido de esa manera. Ahora tengo como un año de trabajar en la calle”, detalló Loría.

La pandemia provocó que trabajadores informales tuvieran que retirarse del mercado laboral Foto: Marco Millape.

Así como Walter, decenas de miles de personas en Costa Rica cuyo sustento  dependía de la llegada de turistas, quedaron desempleadas por el daño que produjo a la industria hotelera el cierre de fronteras internacionales al que obligó la pandemia. 

En Costa Rica las fronteras estuvieron cerradas durante 5 meses.  Durante todo el 2020 el país pudo recibir sólo un millón de turistas, lo que representó tan solo una tercera parte de los 3 millones de visitantes extranjeros que habían llegado al país durante el 2019. 

Informalidad bajó

En el segundo trimestre del 2020 el porcentaje de empleo informal fue de 40%, una de las cifras más bajas en los últimos años. El comportamiento no significó que el país aplicara alguna medida para reducir el empleo informal, al contrario, se debió a que los trabajadores tuvieron que abandonar del todo sus ocupaciones ya que ni siquiera pudieron salir a la calle y si lo hacían encontraban una ciudad desierta. 

El economista y exministro de Hacienda, Fernando Rodríguez, señaló que al suspender las actividades masivas como conciertos, partidos o fiestas populares, los trabajadores que se dedicaban a las ventas de comidas u otros productos fueron quienes resultaron más perjudicados.

“Son personas que  dependían de un comportamiento de la gente que probablemente haya variado durante la pandemia y que quizás no se vuelva a presentar de la misma manera. Alguien que llegaba a vender comida a un partido de fútbol. Esas personas podían inclusive moverse, si habían fiestas de fin de año, por ejemplo en Zapote, se movilizaban hacia esos lugares y después a las de Palmares. Es decir, tenían una actividad que les permitía tener un cierto ingreso a lo largo del año”, explicó Fernando Rodríguez.

Trabajadores informales se enfrentaron a los embates de la pandemia y salieron a las calles pese al peligro de contagio Foto: Marco Millape.

Para Rodríguez aunque los números evidencian daños y perjuicios para los que tenían un empleo formal, el impacto fue mucho mayor para los informales. 

“Hay un primer efecto, las personas que estaban trabajando de manera formal, se redujo pero también la cantidad de personas con un empleo informal. Lo que pasa es que la reducción de las personas en el empleo informal fue más grande, entonces en la proporción entre los dos pareciera que hay menos informalidad, lo cual no es cierto”, dijo Fernando Rodríguez.

“Lo que nosotros hemos medido en la Universidad Nacional es que cuando trazamos la situación de los empleados formales, estos ya casi que están alcanzando niveles pre pandémicos, pero los informes aún están largo de eso”, añadió Rodríguez.

Entre mayo y agosto del 2020, el 94% de las empresas en el país sufrieron las consecuencias de la crisis sanitaria. La principal repercusión fue la reducción de ingresos, seguido por la baja en las ventas, disminución de las jornadas laborales, despidos, cierres temporales, aumento en sus gastos de operación y la llegada del teletrabajo, según el Directorio de Empresas y Establecimientos (DEE) que registra el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC). 

Walter Loría trabaja en las calles como vendedor ambulante 4 días de la semana de 4 a 6 horas por día y también exhibe sus productos por medio de una página virtual.  Él cuenta que las habilidades que adquirió del turismo ahora las aplica para tratar a sus clientes. 

“El hecho de haber trabajado en turismo y tener ciertos conocimientos con respecto a la atención al cliente me ha ayudado un montón a desenvolver mi negocio y que a pesar de que es un negocio informal y que no genera muchísimo dinero, yo pienso en que no hago mal a nadie en venir aquí de vez en cuando a pulsearla, como dicen”, contó Loría.

 A su alrededor decenas de vendedores ambulantes se pasean de un lado a otro de la calle con productos que cargan en bolsas plásticas, con las antenas encendidas y siempre listos para cuando tengan que correr por la presencia de un policía municipal.

Ellos también enfrentan los contrastes del trabajo en la calle: el clima, la inseguridad, las jornadas extensas, la desprotección social y la inestabilidad económica. Para ellos no habrá vacaciones, ni aguinaldo, ni días por enfermedad pagos. 

Para Walter Loría las condiciones han sido distintas desde que pasó de la formalidad a la informalidad, lo cual también lo ha enfrentado a debates psicológicos. 

Es traumatizante pasar de tener una estabilidad económica a venir aquí y no saber si vas a vender o no. Yo me he ido en blanco, hay días en los que no he vendido absolutamente nada. Particularmente, yo me dedico a vender solo este producto, pero hay personas aquí que venden de todo: comida, confites, artículos, de todo, de todo se vende acá”, indicó.

Lor´ía lamenta haber perdido la estabilidad económica, especialmente, pasar de tener cierto estatus social a tener que trabajar en las calles.

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