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Tercera parte. Femicidios: Heridas para toda la vida.

Por Rita Valverde Villalobos.

Juan Carlos y Ana se conocieron cogiendo café por el sector de Orosi en el año 1990. Ella tenía 18 años y él tenía 13. Nunca se casaron, pero vivieron juntos desde entonces, excepto por varios periodos en los que se separaron. Tenían un hijo en común. 

El 14 de febrero del 2010 tuvieron una pelea. Ana Herrera acudió a la delegación e interpuso una denuncia porque Juan Carlos Brenes la agredió. La policía se lo llevó y le puso una orden que le impedía acercarse a la casa.

Trece Costa Rica Noticias conversó con Brenes sobre lo ocurrido ese trágico día, hace ya 11 años. Desde un cubículo de la cárcel Jorge Debravo, en Cartago, donde descuenta su condena, el hombre reconstruyó con detalle los momentos previos a terminar con la vida de Ana.

“Estaba acostado, viendo el cielo raso y me acordé que ella me había dicho que tenía que ir al banco a sacar la tarjeta porque se la había tragado el cajero. Sin quererlo me había dado todos los detalles para encontrarla”. 

“Me dijo que se iba a las 8:00 a.m., y yo decidí que me iba a ir en el mismo bus (en la Suiza de Turrialba) para lograr hablar con ella.  Me monté en el primer asiento  y pensé que cuando ella se montara me iba a ver, pero ella pasó y no me vio. Digo yo que no me vio porque ni siquiera me alzó a ver ni nada”. 

“En ese tiempo había un puente que estaba malo, entonces había que hacer transbordo. En ese momento es cuando ella me ve. Le pregunta a una amistad que ¿Dónde me había subido yo?.

Juan Carlos se hospedó donde su hermano, ahí un familiar le dijo que Ana salía con alguien más. Ese hecho nunca lo pudo corroborar, según su testimonio, pero tampoco logró soportarlo, a pesar de que él mismo reconoce que le fue infiel a su pareja en muchas ocasiones.

Más allá de este hecho en particular, durante el juicio por la muerte de Ana se determinó que ella sufría violencia de género por parte de su pareja durante 16 años, aproximadamente.

“Cuando llegamos al cruce de la Suiza yo dije: — Si ella no se baja yo tampoco me voy a bajar. Cuando se bajó, yo me bajé”. 

“Mi idea era hablar con ella, decirle: — Negra, ¡Manda huevo que usted me hiciera  lo que me hizo!, echarme a la policía sabiendo que la situación no era así. Cuando nos bajamos del bus, ella va delante mío y va otra muchacha. Llegamos a la parada del cruce de La Suiza”. 

“Yo siempre andaba la cuchilla porque era como una costumbre. Ese día llegué y crucé como 10 metros más de donde se bajó ella, en el cruce de la Suiza y dije:  — Aquí es cuando”. 

“Saqué la cuchilla y la agredí. Sin preguntarle nada, sin decirle nada, la agarré y la degollé, nos fuimos al suelo y ahí terminé de darle. Ella me dijo: ¡Juan Carlos! ¡perdóneme!, ¡perdóneme!, ¡no lo haga!,  ¡no lo haga!, ¡piense en sus hijos!, pero ya estaba cortada”. 

Ana Herrera de 38 años murió en el sector de La Suiza de Turrialba el 15 de febrero del 2010, víctima de femicidio por su pareja. Foto Ilustrativa por Marco Millape.

Para Juan Carlos es difícil reconocer que los celos no fueron el motivo que lo llevaron a matar a su pareja, los celos fueron tan solo una parte de la violencia de género sostenida que sufrió Ana durante su relación porque los celos no matan, pero la violencia de género y el machismo sí. 

La socióloga, docente y especialista en temas de género y violencia contra la mujer, Monserrat Sagot, detalla que las causas de este tipo de violencia son múltiples y están relacionadas con los pensamientos o creencias machistas en la sociedad.  

“Esto no es un fenómeno sencillo que lo podamos explicar con una sola causa. Empezamos por la histórica desigualdad que existe entre los hombres y las mujeres. El hecho de que las mujeres en todas las sociedades del mundo están colocadas en una situación secundaria, que tanto hombres como mujeres son socializados de forma diferenciada”, destacó Sagot.

La especialista añadió que, por ejemplo, entre estas diferencias destaca que los hombres sean criados para tener el control, para decidir sobre la vida de las mujeres o sobre su destino; mientras que las mujeres para ser socializadas y no ser nadie tienen que tener a un hombre al lado o para responder a las demandas de los hombres. 

Además, sobre los celos, Sagot explica que son una forma de control disfrazados de una noción romántica de amor, de valoración y de no perder a la persona.

“Nos han socializado sobre todo a las mujeres con la idea del amor romántico. De pensar que si nuestra pareja nos cela es porque nos quiere mucho. Es porque nos valora, porque no quiere que nos vayamos, no quiere perdernos, pero la verdad en el comportamiento celoso lo que está justamente es la esencia del control y de la dominación”. 

Por su parte, la psicóloga Jimena Caballero destaca que la creencia de  que una persona tiene posesión sobre otra puede ser muy dañina en una relación. 

“Los celos son una conducta natural, pero debemos saber administrarlos para no creer que tenemos posesión sobre otro ser humano. Nadie tiene posesión ante otro ser humano y esta creencia que los hombres son recibidores de afecto, que los ponen en un pedestal, y las mujeres son dadoras, y cuando eso se rompe, el otro sujeto lo que cree es que tiene poder de posesión de la persona que ya no quiso dar más, termina en situaciones de violencia muy complejas”, dijo Caballero. 

La muerte de una mujer por violencia de género causa una herida que duele para toda la vida. El dolor también cubre a las familias y allegados tanto de la víctima como del agresor.

“Desgraciadamente aquí (en la cárcel) me di cuenta que el daño no fue solo a ella que se lo hice, fue a un montón de gente: a mis hijos, a los hermanos de ella, a la mamá, a mi familia y a todas las personas que estaban cerca de mí. No fue solo que Juan Carlos Brenes Soto vino aquí a la cárcel y me metieron una condena de 30 años, sino que aquí hay mucha gente conmigo que me los traje de la mano”, finalizó Brenes. 

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